El resplandor.Escrito el Jueves 17 Diciembre 2009 a las 1:33, Leido 0 views Veces |
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El resplandor va de miedo, claro. El miedo comienza cuando, viniendo por la C/ Severo Ochoa desde el Pº Valencia al mar se llega a la plazoleta de la C/ Artes Gráficas y se sigue recto hasta la contigua de la C/ Micer Mascó. En ese mínimo trayecto de unos 50 metros se pasa miedo. No es necesario que se padezca de agorafobia o fotofobia, a poco que se tenga la sensibilidad social un poco mas desarrollada que la de las almejas se apodera de tí un sentimiento de desánimo y hasta de pavor ante la certeza de que ese resplandor, esa abundancia de energía derrochada, es el heraldo perfecto de la insostenibilidad del modelo de gestión municipal: la luz que precede al apagón general, a la ruina, al caos.
Pues bien, hay una manera de evitar el resplandor que acogota, ciega de luz amarillenta pegajosa y penetra hasta el último poro de la conciencia ciudadana. Pensar que, en vez de estar en Valencia ("per diners que no siga/segueixca": "por dinero que no sea"), se está en Las Vegas (en monocorde y monocroma) y que se es ciudadano del país más poderoso de la tierra.
Otra forma es entornar los ojos y no ponerse a contar farolas. ¡25 farolas en esos escasos 50 m! Y si se reparara en las contiguas de las calles colindantes el desasosiego sería aún mayor. Farolas lujosas, de hierro fundido o así, artísticas casi (como los kioskos/"chirimbolos" inútiles que pueblan el centro de la ciudad dando ese toque de glamour tan europeo a tantos miles de euros/chirimbolo).
El mobiliario urbano, antaño, no se removía hasta que caía de viejo, acorde a las posibilidades del país. Desde que somos la octava potencia (u octava maravilla, no sé) del mundo lo cambiamos casi con cada nombramiento de nuevo concejal de urbanismo. Y no como los tacaños alemanes que lo pintan y repintan y creen que lo dejan como nuevo. Por cierto, nunca he pasado más miedo que en ciertas avenidas alemanas... ¡cuando las fiestas locales! Qué sabrán estos teutones lo que es el alumbrado urbano si no han visto Valencia en Fallas. Como dice nuestro himno "la tierra de las comisiones, de la luz y de la corrupción".
Pues bien, hay una manera de evitar el resplandor que acogota, ciega de luz amarillenta pegajosa y penetra hasta el último poro de la conciencia ciudadana. Pensar que, en vez de estar en Valencia ("per diners que no siga/segueixca": "por dinero que no sea"), se está en Las Vegas (en monocorde y monocroma) y que se es ciudadano del país más poderoso de la tierra.
Otra forma es entornar los ojos y no ponerse a contar farolas. ¡25 farolas en esos escasos 50 m! Y si se reparara en las contiguas de las calles colindantes el desasosiego sería aún mayor. Farolas lujosas, de hierro fundido o así, artísticas casi (como los kioskos/"chirimbolos" inútiles que pueblan el centro de la ciudad dando ese toque de glamour tan europeo a tantos miles de euros/chirimbolo).
El mobiliario urbano, antaño, no se removía hasta que caía de viejo, acorde a las posibilidades del país. Desde que somos la octava potencia (u octava maravilla, no sé) del mundo lo cambiamos casi con cada nombramiento de nuevo concejal de urbanismo. Y no como los tacaños alemanes que lo pintan y repintan y creen que lo dejan como nuevo. Por cierto, nunca he pasado más miedo que en ciertas avenidas alemanas... ¡cuando las fiestas locales! Qué sabrán estos teutones lo que es el alumbrado urbano si no han visto Valencia en Fallas. Como dice nuestro himno "la tierra de las comisiones, de la luz y de la corrupción".
