El lío del €, el lío de Europa
Escrito 17/dic/2010 Por 444 en La Banca siempre gana extraido de: ORIGINAL | Comentarios desactivados |
Lentamente, los líderes europeos van asumiendo la necesidad de rehacer el entramado del euro, conscientes de que su diseño inicial no previó, entre otras cosas, una crisis como la actual. Cada reunión que celebran añade alguna mini medida correctora, tratando de cerrar brechas, algunas de ellas a posteriori, tras decisiones en cierta medida excedidas de lo dispuesto en los tratados. Esta semana lo han vuelto a hacer.
La parsimonia desespera ante todo a los mercados, por lo que muchos no dejan de preguntarse ¿no sería mejor acometer una reforma completa, de una sola vez? No les bastan las contundentes proclamaciones de que la Unión hará cuanto esté en su mano para defender el euro de ataques especulativos, básicamente porque no acaba de estar claro qué está en su mano y qué no. Todo lo más, consiguen apaciguar los ánimos unos cuantos días... para volver a una más que palpable intranquilidad.
En esta ocasión hay que reconocer que los gobernantes comunitarios han ido un poco más allá. Van a promover una ligera reforma del Tratado de Lisboa para que permita la creación de un mecanismo permanente de rescate que sustituya, a partir de 2013, al actual que improvisaron el pasado mes de mayo, en gran medida violentando espíritu y letra de lo acordado para la introducción de la moneda única. Aprovechan, de paso, para eliminar el trámite de someter a referéndum los nuevos textos. Para no pocos una de cal y otra de arena, en un contexto de creciente desafección ciudadana frente al proyecto europeo.
Los avances en rehacer la unión monetaria no esconden –en absoluto- el cúmulo de problemas pendientes de solventar. En síntesis, la asimetría entre economías de la eurozona, todas ellas conservando la facultad de diseñar y aplicar políticas autóctonas, aunque sometidas a una gestión monetaria común. O, visto desde la óptica de las opiniones públicas, entre unos países que han hecho antes y mejor sus deberes y otros que los han hecho más tarde, peor o simplemente siguen sin hacerlos... en tanto el euro comparece ante los mercados como un todo y como tal debe ser defendido o, en último extremo, rescatado por los que han actuado mejor... para evitar males mayores.
Es obvio que existe en los mercados una apreciación más o menos favorable-desfavorable respecto de unas u otras políticas nacionales, sus ratios de deuda, crecimiento, empleo y, en definitiva, confianza en su respectiva capacidad de hacer frente a las obligaciones contraídas –créditos-, pero eso no se traduce en un euro a, otro b, c ó d. Antes bien, únicamente se valora un euro colectivo y ello fuerza una acción lo más coordinada posible, si no enteramente común.
De alguna manera, así rezan los sucesivos comunicados. Sólo que, tanto en lo que se va más o menos conociendo del desarrollo de las cumbres como en las declaraciones públicas que tanto proliferan últimamente, por no mencionar lo que reflejan las encuestas en países tan relevantes como Alemania u otros, resulta que en la práctica prima más el planteamiento doméstico –otros dirán egoísta- que la visión global.
Hace meses que en los pasillos de Bruselas y otras capitales comunitarias domina la sensación de que no existen líderes con suficiente visión o talla para abarcar todas las implicaciones de lo que corresponde abordar para que Europa no siga perdiendo pie, posición y, en definitiva, relevancia en el contexto global. Quienes añoran otros tiempos, cuando los había, coinciden en señalar al presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker, como el único que tiene ideas claras, pero –añaden- su condición de luxemburgués le resta fuerza y no logra que le hagan demasiado caso... ¡si fuera alemán o francés...!
La parsimonia desespera ante todo a los mercados, por lo que muchos no dejan de preguntarse ¿no sería mejor acometer una reforma completa, de una sola vez? No les bastan las contundentes proclamaciones de que la Unión hará cuanto esté en su mano para defender el euro de ataques especulativos, básicamente porque no acaba de estar claro qué está en su mano y qué no. Todo lo más, consiguen apaciguar los ánimos unos cuantos días... para volver a una más que palpable intranquilidad.
En esta ocasión hay que reconocer que los gobernantes comunitarios han ido un poco más allá. Van a promover una ligera reforma del Tratado de Lisboa para que permita la creación de un mecanismo permanente de rescate que sustituya, a partir de 2013, al actual que improvisaron el pasado mes de mayo, en gran medida violentando espíritu y letra de lo acordado para la introducción de la moneda única. Aprovechan, de paso, para eliminar el trámite de someter a referéndum los nuevos textos. Para no pocos una de cal y otra de arena, en un contexto de creciente desafección ciudadana frente al proyecto europeo.
Los avances en rehacer la unión monetaria no esconden –en absoluto- el cúmulo de problemas pendientes de solventar. En síntesis, la asimetría entre economías de la eurozona, todas ellas conservando la facultad de diseñar y aplicar políticas autóctonas, aunque sometidas a una gestión monetaria común. O, visto desde la óptica de las opiniones públicas, entre unos países que han hecho antes y mejor sus deberes y otros que los han hecho más tarde, peor o simplemente siguen sin hacerlos... en tanto el euro comparece ante los mercados como un todo y como tal debe ser defendido o, en último extremo, rescatado por los que han actuado mejor... para evitar males mayores.
Es obvio que existe en los mercados una apreciación más o menos favorable-desfavorable respecto de unas u otras políticas nacionales, sus ratios de deuda, crecimiento, empleo y, en definitiva, confianza en su respectiva capacidad de hacer frente a las obligaciones contraídas –créditos-, pero eso no se traduce en un euro a, otro b, c ó d. Antes bien, únicamente se valora un euro colectivo y ello fuerza una acción lo más coordinada posible, si no enteramente común.
De alguna manera, así rezan los sucesivos comunicados. Sólo que, tanto en lo que se va más o menos conociendo del desarrollo de las cumbres como en las declaraciones públicas que tanto proliferan últimamente, por no mencionar lo que reflejan las encuestas en países tan relevantes como Alemania u otros, resulta que en la práctica prima más el planteamiento doméstico –otros dirán egoísta- que la visión global.
Hace meses que en los pasillos de Bruselas y otras capitales comunitarias domina la sensación de que no existen líderes con suficiente visión o talla para abarcar todas las implicaciones de lo que corresponde abordar para que Europa no siga perdiendo pie, posición y, en definitiva, relevancia en el contexto global. Quienes añoran otros tiempos, cuando los había, coinciden en señalar al presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker, como el único que tiene ideas claras, pero –añaden- su condición de luxemburgués le resta fuerza y no logra que le hagan demasiado caso... ¡si fuera alemán o francés...!
