Por orden del Sr. DiosEscrito el Jueves 24 diciembre 2009 a las 1:34, Leido 0 Veces |
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Mi panadera es palestina. Hace tiempo, cuando yo iba a su tienda y no había público, nunca nos faltaba tema de conversación. Así me enteré de muchas cosas que no dicen los periódicos, pues con cierta frecuencia ella hablaba con su familia por teléfono o algún miembro o vecino de ésta venía a España.
Cuando el hecho es llamativo, los periódicos sí hablan de él, aunque, la mayor parte de las veces, distorsionándolo. Como mínimo, la distorsión consiste en este caso en tratar la tragedia de los palestinos como un conflicto entre dos partes más o menos equiparables. Y aluden a esa tragedia, a la tragedia de UN pueblo, al sufrimiento del pueblo palestino, como el conflicto palestino-israelí. Publiqué un artículo sobre el tema en Rebelión.
Los periódicos, por ejemplo, no han informado a sus lectores de que los saqueos de casas palestinas por el ejército israelí son DIARIOS . Diariamente, varios grupos de soldados patrullan por las calles de ciudades y pueblos e irrumpen en las casas, rompen televisores y otros electrodomésticos, y muebles, rasgan fotografías, tiran la ropa por el suelo. La excusa es que sospechan que allí se esconde un terrorista. Y muchas veces hasta lo encuentran, porque, en teoría, para los israelíes, todos los palestinos son terroristas. Sin duda este comportamiento forma parte de una maniobra continuada de desgaste de la resistencia moral, de cansancio físico y anímico, de agotamiento, para que se vayan a hacinarse con otros en campos de refugiados los que no quieran hacinarse en la cárcel o el cementerio.
Más tarde, fui yo quien empezó a facilitar a mi amiga noticias y artículos sobre el problema. Ella tenía ordenador, pero no Internet. Yo le imprimía todos los artículos que publicaba REBELIÓN y se los daba cuando iba por el pan.
Podría rellenar un libro con lo que Mariam me contó en el curso de unos cuantos años. Voy a traer aquí solamente un suceso que tuvo lugar a los tres días de estar ella en un pueblo, no recuerdo el nombre, cerca de Jerusalén, a principios de agosto de hace tres veranos, el cual, por sí solo, podría llenar varios tomos de una historia universal de la infamia:
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No me pidas que te cuente más historias de Palestina. He visto muchas cosas y muchas de ellas no he podido evitarlas, porque me apuntaba un M16 a la cabeza. La vida de un palestino vale muy poco>>.
Hubo un momento, ya ella de regreso, en que, en nuestras conversaciones, pretendíamos desentrañar la raíz del comportamiento de los israelíes. Una gente que, habiendo sufrido un holocausto que finalizó en 1945, inició, sólo tres años más tarde, la serie de rapiñas y crímenes que habría de desembocar en otro holocausto más infame, por su carga atroz de cinismo e hipocresía, su desafío casi burlesco a los organismos internacionales y a la comunidad internacional, su abuso de la fuerza: poseen el tercer ejército del mundo y, a donde no llega su poder, cuentan con la ayuda de los Estados Unidos. Los lectores de Rebelión saben bien que Israel ha desatendido unas cincuenta resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas, todas ellas salvadas por el veto norteamericano.
Los palestinos son primos hermanos de quienes ahora los despojan y los matan. Son descendientes de los judíos que se quedaron en Palestina, tras la catástrofe del año 70, y que después se convirtieron al Islam. Los propios historiadores judíos han demostrado que nunca hubo la durante siglos pregonada diáspora, una más de las falsificaciones que el sionismo ha hecho de la historia. Han vivido en esa tierra durante más de dos mil años y, por lo tanto, son sus dueños naturales. Lo han hecho bajo sucesivas ocupaciones romana, bizantina, otomana, inglesa., pero siempre como un pueblo y hasta teniendo algunos cargos administrativos. Las etapas del despojo que comenzó con la Declaración Balfour son de sobra conocidas por quienes se interesan por este tema. Su empeoramiento sistemático culminó, en lo político, en la cumbre de Oslo. Su horror desde el punto de vista humano, en el auténtico genocidio del año pasado en Gaza. En Oslo, los israelíes mintieron con bellaquería ante Yasser Arafat, con quien, teóricamente, iban a Pactar un reparto del territorio -en principio, por cierto, mucho menos equitativo y más perjudicial por tanto para los palestinos que el que llevara a cabo una incipiente ONU a mediados del siglo XX y que en más de sesenta año nadie se ha atrevido a hacer cumplir. Engañado o porque no tuvo otra opción, Arafat firmó un acuerdo que implicaba el reconocimiento del Estado de Israel pero que nada decía respecto a los problemas más importantes: Jerusalén, los refugiados, los asentamientos israelíes, la seguridad, las fronteras exactas.... A Israel le importó muy poco lo que firmaba: el mismísimo día siguiente se olvidaba de lo pactado sobre Gaza y Cisjordania y consentía nuevos asentamientos colonialistas, y continuaba hostigando a los palestinos con controles que les hacían y le hacen imposible desplazarse, carreteras para los ocupantes y otras peores para los ocupados, continuas prohibiciones para la entrada en los territorios mencionados de las ayudas internacionales, y hasta de las medicinas más imprescindibles, un muro de separación, y, en general, todo cuanto se deriva de una auténtica política de apartheid. Y apenas tuvo una excusa, como un atentado en Hebrón el 18 e noviembre de 2002, declaró nulos e inválidos los acuerdos de Oslo, mientras su presidente de entonces, Ariel Sharon, llamaba a la comunidad judía a extenderse por la zona.
¿Por qué tanta mentira, tanta maldad? nos preguntábamos. ¿Por qué tanta injusticia disfrazada, producto no de una mente enferma aislada, sino de un amplio grupo, que no ha dejado de incrementarse desde que, a finales del siglo XIX, Theodore Herltz fundó el sionismo? A los habitantes de la tierra que ellos sostenían que les había donado Dios en propiedad no los tuvieron nunca en cuenta. Algunas frases de los propios líderes sionistas así lo demuestra:
Guerra y expolio, las dos fuentes de riqueza más fiables.: Por orden del Sr. Dios
Cuando el hecho es llamativo, los periódicos sí hablan de él, aunque, la mayor parte de las veces, distorsionándolo. Como mínimo, la distorsión consiste en este caso en tratar la tragedia de los palestinos como un conflicto entre dos partes más o menos equiparables. Y aluden a esa tragedia, a la tragedia de UN pueblo, al sufrimiento del pueblo palestino, como el conflicto palestino-israelí. Publiqué un artículo sobre el tema en Rebelión.
Los periódicos, por ejemplo, no han informado a sus lectores de que los saqueos de casas palestinas por el ejército israelí son DIARIOS . Diariamente, varios grupos de soldados patrullan por las calles de ciudades y pueblos e irrumpen en las casas, rompen televisores y otros electrodomésticos, y muebles, rasgan fotografías, tiran la ropa por el suelo. La excusa es que sospechan que allí se esconde un terrorista. Y muchas veces hasta lo encuentran, porque, en teoría, para los israelíes, todos los palestinos son terroristas. Sin duda este comportamiento forma parte de una maniobra continuada de desgaste de la resistencia moral, de cansancio físico y anímico, de agotamiento, para que se vayan a hacinarse con otros en campos de refugiados los que no quieran hacinarse en la cárcel o el cementerio.
Más tarde, fui yo quien empezó a facilitar a mi amiga noticias y artículos sobre el problema. Ella tenía ordenador, pero no Internet. Yo le imprimía todos los artículos que publicaba REBELIÓN y se los daba cuando iba por el pan.
Podría rellenar un libro con lo que Mariam me contó en el curso de unos cuantos años. Voy a traer aquí solamente un suceso que tuvo lugar a los tres días de estar ella en un pueblo, no recuerdo el nombre, cerca de Jerusalén, a principios de agosto de hace tres veranos, el cual, por sí solo, podría llenar varios tomos de una historia universal de la infamia:
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No me pidas que te cuente más historias de Palestina. He visto muchas cosas y muchas de ellas no he podido evitarlas, porque me apuntaba un M16 a la cabeza. La vida de un palestino vale muy poco>>.
Hubo un momento, ya ella de regreso, en que, en nuestras conversaciones, pretendíamos desentrañar la raíz del comportamiento de los israelíes. Una gente que, habiendo sufrido un holocausto que finalizó en 1945, inició, sólo tres años más tarde, la serie de rapiñas y crímenes que habría de desembocar en otro holocausto más infame, por su carga atroz de cinismo e hipocresía, su desafío casi burlesco a los organismos internacionales y a la comunidad internacional, su abuso de la fuerza: poseen el tercer ejército del mundo y, a donde no llega su poder, cuentan con la ayuda de los Estados Unidos. Los lectores de Rebelión saben bien que Israel ha desatendido unas cincuenta resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas, todas ellas salvadas por el veto norteamericano.
Los palestinos son primos hermanos de quienes ahora los despojan y los matan. Son descendientes de los judíos que se quedaron en Palestina, tras la catástrofe del año 70, y que después se convirtieron al Islam. Los propios historiadores judíos han demostrado que nunca hubo la durante siglos pregonada diáspora, una más de las falsificaciones que el sionismo ha hecho de la historia. Han vivido en esa tierra durante más de dos mil años y, por lo tanto, son sus dueños naturales. Lo han hecho bajo sucesivas ocupaciones romana, bizantina, otomana, inglesa., pero siempre como un pueblo y hasta teniendo algunos cargos administrativos. Las etapas del despojo que comenzó con la Declaración Balfour son de sobra conocidas por quienes se interesan por este tema. Su empeoramiento sistemático culminó, en lo político, en la cumbre de Oslo. Su horror desde el punto de vista humano, en el auténtico genocidio del año pasado en Gaza. En Oslo, los israelíes mintieron con bellaquería ante Yasser Arafat, con quien, teóricamente, iban a Pactar un reparto del territorio -en principio, por cierto, mucho menos equitativo y más perjudicial por tanto para los palestinos que el que llevara a cabo una incipiente ONU a mediados del siglo XX y que en más de sesenta año nadie se ha atrevido a hacer cumplir. Engañado o porque no tuvo otra opción, Arafat firmó un acuerdo que implicaba el reconocimiento del Estado de Israel pero que nada decía respecto a los problemas más importantes: Jerusalén, los refugiados, los asentamientos israelíes, la seguridad, las fronteras exactas.... A Israel le importó muy poco lo que firmaba: el mismísimo día siguiente se olvidaba de lo pactado sobre Gaza y Cisjordania y consentía nuevos asentamientos colonialistas, y continuaba hostigando a los palestinos con controles que les hacían y le hacen imposible desplazarse, carreteras para los ocupantes y otras peores para los ocupados, continuas prohibiciones para la entrada en los territorios mencionados de las ayudas internacionales, y hasta de las medicinas más imprescindibles, un muro de separación, y, en general, todo cuanto se deriva de una auténtica política de apartheid. Y apenas tuvo una excusa, como un atentado en Hebrón el 18 e noviembre de 2002, declaró nulos e inválidos los acuerdos de Oslo, mientras su presidente de entonces, Ariel Sharon, llamaba a la comunidad judía a extenderse por la zona.
¿Por qué tanta mentira, tanta maldad? nos preguntábamos. ¿Por qué tanta injusticia disfrazada, producto no de una mente enferma aislada, sino de un amplio grupo, que no ha dejado de incrementarse desde que, a finales del siglo XIX, Theodore Herltz fundó el sionismo? A los habitantes de la tierra que ellos sostenían que les había donado Dios en propiedad no los tuvieron nunca en cuenta. Algunas frases de los propios líderes sionistas así lo demuestra:
Guerra y expolio, las dos fuentes de riqueza más fiables.: Por orden del Sr. Dios
